sábado, febrero 04, 2006

Historias del mono: Slave-sex days.

Por fin encontré alguien que me propusiera hacer algo divertido, concreto y un poco loco a cambio de las zapas que pedía un poco más abajo. La propuesta vino de un tipo separado de 36 años de Santa Fe, le dicen Nacho. Físicamente es un tipo grandote, con músculos pero algo de pancita, muy cuidadoso en su forma de vestir, con el pelo rubio corto y un poquito de barba, de dos o tres días. Su pedido era bastante simple; ser su esclavo sexual durante dos horas en tres días de la semana y la noche de un sábado, a cambio me daría las zapatillas que yo pedía por este blog. Nacho me había explicado que disfrutaba mucho del sexo grupal, como casi todo el mundo, y además le gustaba bastante el exhibicionismo. El primer día que nos encontramos, me propuso salir a dar vueltas en auto y me pidió agregar algunas horas ese día, prometiéndome compensarlas después. Cuando estuvimos en el coche, sin darme ninguna explicación, tomó la autopista a Rosario y cuando nos aproximábamos a las cabinas de peaje me obligaba a mamarle la pija frenéticamente, obviamente tenía la intención de mostrarse frente a los empleados del puesto. Como me tenía boca a bajo no puedo saber la reacción de estos al verme prendido a la poronga de Nacho. Al menos ninguno dijo nada. Solo puedo decir que durante el viaje tuvo dos orgasmos sobre mi cara. Una vez que estuvimos en Rosario me llevó directo a uno de esos antros gays que funcionan en esta ciudad. Al rato que estuvimos allí, me di cuenta que en vez de mirarme a mí provocaba a cuanto hombre se le acercaba. Así estuvo hasta que por fin se levantó a un cincuentón con bastante pinta de macho. Después de transar un poco delante de mí, me ofreció al viejo para que me hiciese lo que tuviera ganas. El viejo me toqueteó y me ordenó que lo siguiéramos. Me llevó al baño, me pidió que me sacara la ropa, se puso un forro y comenzó a dilatarme el orto. La penetración no tardó en llegar y confieso que no estaba demasiado dilatado por lo que no la disfruté. Nacho simplemente nos miraba y por ahí decía algo alentando al viejo. Cuando el viejo terminó volvimos al boliche, me llevó a la pista y donde la gente estaba bastante amontonada me obligó a arrodillarme frente a él y mamarle la pija nuevamente. Muchos nos vieron, algunos se rieron un poco, otros se calentaron con el espectáculo. Una vez que había terminado me abrazó y me masturbó ante la mirada de los que bailaban a nuestro alrededor. Después de aquello volvimos a Santa Fe y en el camino de regreso me tomó unas cuantas fotos desnudo caminando y revolcándome por la autopista. Una vez en la ciudad acordamos que aquel encuentro se contaría por dos de los acordados, de manera que solo restaban dos; uno de día de semana y otro para un sábado. El próximo encuentro fue a los tres días. Para entonces, subimos al auto y fuimos directo a un lugar donde se juntaban adolescentes de entre 16 y 20 años más o menos. Una vez en el lugar me ordenó bajar y comenzar a ofrecerle sexo a todos los jovencitos. Yo estaba lleno de vergüenza, sabía que podía pasar cualquier cosa, pero Nacho me obligó a obedecer. Allí estaba yo, iba de un grupito a otro diciéndoles en voz baja: “chicos quieren sexo, me pueden hacer lo quieran”. Las respuestas, como era de esperar, solo fueron cargadas y un montón de risotadas de los pendejos. Al cabo de un rato volví al auto, y cuando Nacho vio que no había tenido éxito en la tarea, me sentenció a un castigo por “puto fracasado”. Efectivamente me llevó a su casa, me desnudó completamente, me ató al inodoro del baño dejando mi cabeza adentro y se dedicó a realizar todas sus necesidades sobre mí. Me orinó un par de veces encima, escupió otro tanto y por último, completó el castigo, con una cagada que recorrió todo mi cuello para terminar flotando justo delante de mi cara. Esto me produjo unas buenas arcadas, de manera que tiró la cadena unas cuantas veces dejándome medio ahogado, con esa sensación fea que se experimenta cuando te entra agua en la nariz. No contento con “el castigo”, me penetró con un consolador manteniéndome atado al inodoro. Una vez que se cumplió el tiempo me desató y me echó de su casa, ordenándome que regresara el próximo sábado a las 21:30 hs. Camino de regreso a mi casa me pregunté unas cuantas veces si todo esto tenía sentido, si no era mejor abandonar todo ese juego perverso y humillante. Pero por alguna razón seguí y el sábado siguiente estuve en su casa para la hora que mi amo Nacho me había fijado. Apenas llegué me ordenó que me pusiera el uniforme que usaría durante la noche. El atuendo era solo dos piezas; un moño negro para el cuello y un protector genital que solo me cubría el pene y los testículos, dejando todo lo demás al aire. También mi explicó que esa noche iba a hacer una “fiesta íntima” con sus amigos y mi deber era satisfacerlos correctamente en todo lo que él o sus invitados me solicitaran. Alrededor de las 22:00 comenzaron a llegar los invitados. Mi deber fue recibirlos y acomodarlos en el comedor sirviéndoles algo para tomar. Casi todos eran tipos cuarentones, más o menos con el estilo de Nacho. En total eran seis. Nacho se encontró con ellos al cabo más o menos de quince minutos de su llegada. Para mi sorpresa entró en el comedor vestido con lencería femenina y un par de zapatos con unos tacos muy altos. Apenas entró los invitaros comenzaron a sacarse la ropa y todos quedaron vestidos con finos conjuntos de ropa interior de mujer. Tres de ellos se maquillaron y uno que tenía el pelo largo lo soltó dejándolo caer sobre sus hombros como toda una modelo. Visto desde fuera parecía una fiesta de disfraces. El porte de jóvenes padres machos facheros, contrastaba con aquel cuadro de travestis desprolijos sin depilar. Sin embargo, observado con mayor detenimiento, se podía notar la excitación que tenían al verse con aquellos atuendos. Poco a poco uno iba entendiendo que eran expertos practicantes del fetichismo. Como si esto fuese poco, me ordenaron que sirviese wisky, bombones rellenos de licor y cigarros para todos, y comenzaron un partido de naipes, bajo la luz tenue y el perfume dulzón de velas aromáticas, y una música cursi al estilo Randy Crawford (al menos eso reconocí). Yo directamente no existía, no les generaba nada, era solo un sirviente. Incluso las caricias y besos las practicaban solamente entre ellos. Por un largo tiempo me ordenaron permanecer en la cocina, desde allí por momentos oía algún que otro gemido que me hacían sospechar en alguna penetración o tal vez alguna practica masturbatoria. Al fin me solicitaron nuevamente para que sirviera el helado de fresa con un vino espumante saborizado, y entonces pude ver que efectivamente habían tenido sexo entre ellos, de hecho dos practicaban sexo oral en uno de los sillones del living. Supongo que el juego de naipes decidía quien era pasivo y quien activo. Antes de retirarme Nacho me ordenó que me cambiase para bailar frente a ellos. La verdad no me generaba ningún entusiasmo tener que bailarles y francamente para entonces estaba medio aburrido. Cuando vi el traje para el baile quise salir corriendo, era un disfraz de odalisca. Lo peor de todo eran unos zapatos de taco aguja que me tenía que poner. Aquello era un corzo de putas. Al entrar en la sala donde me esperaban, todos estaban sentados en círculo y sonaba de fondo un tema de Abba, al estilo película porno de los setenta. Traté de hacer lo que pude, la verdad esos zapatos de porquería hicieron que me caiga al piso. Nacho entonces se levantó enojado y comenzó a gritarme. El resto de los trolos simplemente se me abalanzaron y me chupetearon todo el cuerpo. Uno de ellos vibraba mientras lamía una de mis axilas. Nacho entretanto se sentó sobre mi pene y comenzó a moverse pidiéndome que lo penetrara. “Culiame bien hondo, pendejo inútil, hacé bien algo de lo que te mando” – me decía. Poco a poco todos se detuvieron a mirarnos coger y algunos nos acompañaron con masturbaciones. Me acabé dentro de él y cuando estuve listo, me ataron a las patas de un sillón y todos se pusieron en torno a mí, allí me acabaron encima. Fue una abrumadora lluvia de leche tibia, que dejaron secar sobre mi cuerpo. Para entonces era ya casi la madrugada, así que todos se fueron. Cuando estuvimos solos, Nacho me desató permitió que me limpiara y antes de irme me dio el par de zapatillas que habíamos pactado. Después de comerme la boca con un beso y saludarme, me dejó ir. Nunca más supe de él. Supongo que seguirá leyendo esta página. Por mi parte después que dejé a Nacho me fui a mi casa a dormir. Al otro día salí corriendo para ver a Jony (mi amigo que comparte el fetiche por las zapatillas). Le conté con lujos de detalles toda esta historia y nos reímos un poco de estos locos. Después obviamente pasamos la noche juntos haciendo el amor al nuevo par de zapas de nuestra colección.

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